Economía
social
Podríamos decir que es
la madre de todos lo demás conceptos ya que fue el primero en nacer, en el
siglo XVIII, para denominar a aquellas experiencias que estaban surgiendo en
paralelo al desarrollo del capitalismo y que fueron las primeras cooperativas,
mutualidades y asociaciones. Son muchas las organizaciones que representan o
estudian a la economía social, una de las más respetadas es el
CIRIEC-Internacional, que ha establecido una de las definiciones más amplias y
respaldadas institucionalmente:
“Conjunto
de empresas privadas organizadas formalmente, con autonomía de decisión y
libertad de adhesión, creadas para satisfacer las necesidades de sus socios a
través del mercado, produciendo bienes y servicios, asegurando o financiando y
en las que la eventual distribución entre los socios de beneficios o excedentes
así como la toma de decisiones, no están ligados directamente con el capital o
cotizaciones aportados por cada socio, correspondiendo un voto a cada uno de
ellos. La Economía Social también agrupa a aquellas entidades privadas
organizadas formalmente con autonomía de decisión y libertad de adhesión que
producen servicios de no mercado a favor de las familias, cuyos excedentes, si
los hubiera, no pueden ser apropiados por los agentes económicos que las crean,
controlan o financian”.
Hacemos referencia a
esta definición tan laxa porque en ella ya podemos adivinar los puntos de
fricción y fronteras internas con las que nos vamos a encontrar: por un lado
unas entidades que operan en el mercado y, por otro, otras que no, o que, en todo
caso, lo hacen de forma ocasional o secundaria.
Las primeras hacen más incidencia en su gestión participativa,
igualitaria y democrática y las segundas insisten en la generación de un bien
común, aunque ambos son criterios comunes a toda la economía social. Entonces
nos podríamos hacer las siguientes preguntas, ¿toda organización sin ánimo de
lucro pertenece a la economía social? ¿Una empresa con una fuerte línea de
Responsabilidad Social Corporativa podría serlo? Respecto a la primera
cuestión, todo depende de si realmente
son horizontales. En cuanto a la
segunda, claramente no, pues siempre habrá una línea divisoria entre políticas
principalmente dirigidas a reforzar una imagen amable de la empresa y un
verdadero compromiso con la sociedad, que parte de una diferencia radical en la
producción y límites de los beneficios.
Son este tipo de preguntas las que nos debemos hacer para establecer
unos necesarios lindes y reflexionar
sobre nuestras prácticas.
Economía
solidaria
¿No sería la hija
aventajada de esa madre “economía social” de la que acabamos de hablar? Las
experiencias y discursos en torno a este concepto hacen hincapié en el
potencial transformador, principalmente
como alternativa a la economía capitalista.
En su seno se reconocen dos corrientes o tradiciones: la latinoamericana
y la europea. Las diferencias entre
ambas “escuelas” tienen matices que se justifican sobre todo en la historia y
contexto de cada continente. Así, en Latinoamérica la economía solidaria es una
herramienta hacia una sociedad más justa
y tiene un carácter de crítica al capitalismo mucho más marcado. De hecho, suelen usarse sinónimos como “economía popular” o “economía del trabajo”
para resaltar la importancia de la fuerza de trabajo sobre la lógica de acumulación del capital. No hay que olvidar
que, como vemos claramente en países como Brasil, el fomento de la economía
social muchas veces es uno de los pilares para contraatacar las políticas
neoliberales.
La economía solidaria
ha demostrado una capacidad para introducir e interrelacionar nuevos temas de
manera mucho más dinámica. Así que no es raro que las personas que nos movemos
dentro de ella reflexionemos sobre género, sistemas de intercambio basados en
el trueque o monedas locales, la incorporación de la esfera de la distribución,
con las ideas de comercio justo o de mercados sociales, y sobre el consumo
responsable y las finanzas éticas, por citar algunos temas.
Fuente: https://www.freepress.coop/eco-social-y-solidaria/
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